[Nacionales] Carlitos Balá cumple 95 años

Un visionario, un artista capaz de manejar un humor inédito no solo en Argentina. Carlitos Balá llegó primero a todo (y a todos). Como suele suceder, los niños fueron los primeros en disfrutarlo, y comprenderlo, por su condición acrítica y abierta al disfrute. Su estilo combinaba cuestiones abstractas y picardías naif propias de los chicos. Ingenuo y creativo, construyó el humor de millones de argentinos a través de generaciones.

Curiosamente, el pibe con el flequillo más icónico consiguió vencer sus miedos en su primer escenario: el colectivo 39, donde comenzaba a bromear cada vez que se subía.

“Lo mío es vocación: no estudié ni me perfeccioné en ninguna academia”, se definió a sí mismo el actor cuando fue distinguido como figura ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, en 2017.

En sus comienzos apareció en radio y luego en televisión en «La revista dislocada» (1952), junto a Délfor Amaranto. Después de esa experiencia, durante los 60 y los 70, el humorista comenzó a ocupar un lugar central en la televisión en programas propios y muy exitosos como «El flequillo de BalừEl clan de BalừEl circus show de Carlitos Balá», «El circo mágico de Carlitos Balá», y «El show de Carlitos Balá».

En el cine, Balá fue una máquina de vender entradas. Entre sus éxitos se destacan: «Brigada en acción» (1977), «Dos locos en el aire» (1976), «Somos los mejores» (1968), «¡Esto es alegría!» (1967), «La muchachada de a bordo» (1967), «Canuto Cañete, detective privado» (1965). «Canuto Cañete y los 40 ladrones» (1964) y «Canuto Cañete, conscripto del siete» (1963).

Un estilo propio y pionero

El periodista Pablo Sirvén lo definió muy bien: se trata del tipo que anticipó a las muecas de Jim Carrey y Jerry Lee Lewis, pero también fue el primer incomprendido de una generación de humoristas –una contrariedad con los que suelen lidiar los genios-.

Para festejar su cumpleaños 95, enumeramos algunos de sus latiguillos y creaciones que lograron instalarse en el vocabulario popular y que trascendieron generaciones. ¡Un kilo y dos pancitos!

1- Eapepé: Mientras que el muchacho de flequillo inventó el “gestito de idea” como una suerte de “okey”, el ea-pe-pé (o simplemente EAPP) sirve como un llamado de atención que muchos han adoptado y siguen implementando. Recientemente, se animó a bromear con el lanzamiento su propia aplicación móvil: E-APP.

2- Sumbudrule: ¿Una burla? Puede ser. ¿Un gestó de disgusto? También. Su gracia sigue radicando en esa condición de ser casi inclasificable. Carlitos no ganaba nada haciéndole una suerte de araña con sus dedos en la nuca de los partenaires que tenía en sus sketches. Eso sí, generaba muchísimas risas.

3- El Chupetómetro: Cuando se dedicó exclusivamente al humor infantil -tras brillar en la comedia con sus memorables personajes, como el “portero” o “el hombre de Buenos Aires”-, el humorista le dio un carácter didáctico a sus presentaciones y él más recordado es sin duda ese empujoncito que le daba a los chicos para que dejaran el chupete y se lo entregaran él para colocarlo en ese mágico contenedor al que llamó «chupetómetro».

4- ¿Qué gusto tiene la sal?: Lo redundante se vuelve ingenioso en boca de Balá. En el caso en cuestión, impuso una frase que se grabó a fuego en los argentinos y todavía sigue vigente. Por otra parte, Charly García se encargó de reciclarla en otro clásico: la sal no sala, y el azúcar no endulza.

5- Za za za za: Se adelantó a los centennials en eso de cambiar algunas letras de una palabra para darle su impronta. Y en ese sentido, esta es la más recordada y simple: cambiar la “J” de sus carcajadas por una “Z”. Una risa contagiosa por lo inesperado, imprevisible.

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